Elizabeth Kitulo, la maestra del campo de refugiados, una de “Las Sabias de Kakuma”

Elizabeth Kitulo, la maestra del campo de refugiados, una de “Las Sabias de Kakuma”

“La nada” existe. Está en Kenia, a 90 kilómetros de la frontera con Sudán del Sur. 

Kakuma, en swahili, significa “la nada”. Es uno de los campos de refugiados más grandes del mundo. Entre sus 185.000 habitantes, casi la misma población que San Sebastián, vive y enseña la profesora Elizabeht Kitulo (37).

El campo se creó en 1992 con la llegada de “los niños perdidos de Sudán”, hastiados de la guerra y rendidos al miedo. Hoy, con casi 20.000 menores huérfanos, sus habitantes proceden no solo de Sudán, también de Burundi, Congo, Somalia, Etiopía… la población del campo huye de lo peor de cada uno de los estados más pobres de la zona este del continente africano.

Las necesidades de educación crecen. La alta tasa de natalidad en África y el casi inexistente abordaje de la salud sexual y reproductiva es uno de los grandes problemas del continente. En Kakuma nacen unos 700 niños al mes.

La maestra Kitulo (37), con su salario de 70 dólares al mes (la décima parte de lo que cobran sus colegas en su país fuera del campo) mantiene a sus tres hijos: Lema (13), Ebenezer (12) y Biefete (11). Elizabeth enviudó antes de salir del Congo. Su marido fue asesinado. Llegó a Kakuma con su prole y se instaló allí. 

Su gran sonrisa es más blanca que su piel, sus ojos son más negros, aunque no mucho. Tiene aspecto de dignataria africana. Lleva alhajas vistosas, probablemente de nulo valor, y altos tacones de plataforma llenos de brillos. Telas étnicas envuelven su cuerpo con elegancia inusitada. La corrección y la intención de agradar no está reñida con la extrema pobreza. Su cabello se resiste a la perfección y se escapan, rebeldes, algunos mechones rizados. La profesora enseña solo con mirar, con su sonrisa y con un perfecto “gracias” en español entre su rotundo mensaje en inglés.

María Teresa Fernández de la Vega, presidenta de Mujeres por África, cuenta cómo le llamó la atención, en su visita al campo, que los alumnos se estrecharan y buscaran un espacio inexistente en los pupitres. 

En sus clases hay entre 150 y 200 alumnos. Las cifras son escalofriantes. En clase solo tienen pizarras y tizas y los métodos son tan ingeniosos como instructivos. El material escolar, tal y como lo conocemos aquí o una tablet para un niño, es ciencia ficción. Los profesores son contadores de historias con métodos pedagógicos. Aun así, las notas de los niños de Kakuma son superiores a la media de las calificaciones del resto de estudiantes en Kenia.

La educación en el campo es una prioridad y se está convirtiendo en el punto de mira de muchas personas. De hecho, el 9 de junio de 2018 se celebró allí, y por primera vez en un campo de refugiados un evento TED, en el que, entre otras, intervino como ponente Melissa Fleming, Directora de Comunicación de ACNUR, junto a Mary Makio, refugiada y profesora como Kitulo.

Los datos hablan por sí solos y el 52% de los profesores son refugiados y solamente el 10% son mujeres, o sea, profesoras. Solo el 61% de los niños refugiados acceden a una escolarización primaria, frente al 92% de la escolarización global, según datos del Alto Comisionado de Naciones Unidas.

Elizabeth fue seleccionada junto a otras dos maestras del campo de refugiados para el programa desarrollado conjuntamente por la Universidad Camilo José Cela, que preside Nieves Segovia (consejera de EL ESPAÑOL) y la Fundación Mujeres por África.

Las tres han estado aprendiendo estrategias pedagógicas y conocimientos ofimáticos para poder enseñar mejor a la parte de los 75.000 menores de edad del campo que tienen acceso a la educación. Allí, la primaria es gratuita, la secundaria cuesta 30 dólares anualmente. Todo es tan relativo… lo que aquí parece ridículo, allí se hace imposible para la mayoría.

“A través del aprendizaje voy a empoderar a otras mujeres”, “vamos a ser embajadoras en África para apoyar a otros educadores y enseñarles lo que hemos aprendido” son algunos de los mensajes de Kitulo. La maestra ha convertido en sus discípulos a cuantos ha tenido cerca.

Intervino en el acto “Mujeres, Paz y Seguridad” organizado por THRibune junto a Margarita Robles, la Ministra de Defensa en funciones. Ha hablado para rectores, profesores, políticos, periodistas y ha creado un círculo de profundos admiradores que, como ha dicho Fernández de la Vega, la consideran una heroína.

Ha cumplido su misión de aprender, y muchos sueños. Se ha ido enamorada de España. Ha visto por primera vez el mar Mediterráneo, y al mojar sus pies en el agua salada con sus compañeras, las risas casi infantiles, sus carcajadas divertidas, sonaban como las de sus estudiantes. Maestras soñando como niñas y olvidando su realidad entre chapoteos.

Elizabeth, junto a Martha y Rehema, las tres maestras han sido pequeñas culés cumpliendo su sueño de visitar el Camp Nou. Reconocen “las sabias de Kakuma” que no podían creer estar en el campo del Barça, como tampoco se resistieron a pedir, como pequeñas merengues visitar el Bernabeu. Les impresionó El Escorial y la Puerta del Sol, pero el futbol español es ese tema de conversación que hace posible el entusiasmo en cualquier lugar del mundo y en cualquier condición. Paradójicamente, Kakuma acaba de saltar a la actualidad con la dramática noticia de 5 muertos y 14 heridos en un enfrentamiento tras un partido. El fútbol y los selfies son universales. 

Hasta en aquellos lugares donde comer o estudiar es difícil, los móviles nos unen. Elizabeth hace fotografías con sus largos brazos de todo aquello que llama su atención. Probablemente, la sorpresa haya colmado la capacidad de su retina y no quiera olvidar nunca las experiencias que ha recibido en estos meses de su vida.

A España llegaron tres heroínas que se marchan más sabias a Kakuma, con un liderazgo reforzado y un conocimiento mucho mayor. Nieves Segovia, la Presidenta de la Institución SEK ha prometido hoy una segunda edición del proyecto. María Teresa Fernández de la Vega le ha tomado la palabra y, probablemente, nuevas profesoras lleguen a Villafranca del Castillo procedentes de Kenia.

Será el viaje de sus vidas que, a su regreso, se convertirá en el viaje de las vidas de sus alumnos.

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