Algo va mal

Cruz Sánchez de Lara Sorzano

THRibune | Cruz Sanchez de Lara

Un día, un pensamiento te ronda la cabeza. Piensas que es tuyo y no sabes ver que se ha formulado y reformulado a lo largo de la historia de miles de formas. Adam Smith publicó, ya en 1759, The theory of moral sentiments, opúsculo en el que explicaba que “la gran masa de la humanidad está formada por admiradores y adoradores, y, lo que parece más extraordinario, con mucha frecuencia por admiradores y adoradores desinteresados de la riqueza y la grandeza. Esta disposición a admirar, y casi a idolatrar, a los ricos y a los poderosos, y a despreciar, como mínimo a las personas pobres y de condición humilde (…) (es) la principal y más extendida causa de la corrupción de nuestros sentimientos morales”.

Y quizás eso, dicho de otra forma, fue lo que estaba pensando, cuando leí una referencia al Discurso de la Felicidad, de Madame du Châtelet, que murió apenas diez años antes de la publicación de la obra de Smith. La primera mitad del Siglo de las Luces fue el tiempo de esta mujer que ansiaba ser libre y que sentía que el hecho de ser mujer, la relegaba de muchas de las cosas que le gustaría hacer. Era una matemática y física francesa, traductora de Newton y amante de Voltaire. Escribió Emile de Châtelet: “Quien dice sabio dice feliz, al menos en mi diccionario (…). El amor al estudio es de todas las pasiones la que más contribuye a nuestra felicidad, en el amor al estudio se encuentra encerrada una pasión a la que nunca son totalmente ajenas las almas elevadas, la de gloria: diríamos incluso que esta es la manera de adquirirla para la mitad del mundo y es a la otra mitad a la que la educación deja sin medios, impidiendo su goce”.

Una mujer de la aristocracia francesa del siglo XVIII, que teniendo a su alcance ambas cosas: dinero y conocimiento, en su concepto de felicidad se definía perfectamente. Ella admiraba y necesitaba el conocimiento como fuente de la satisfacción, buscando la placidez en su interior y no en los signos externos a los que se refería Smith, cuando hablaba de los ídolos construidos por la masa sobre la base de la ostentación y la recreación de una idea preconcebida del relativo poder.

Hoy, me convierto en costurera, hilvanando palabras de otras personas. Y es a todas luces inviable que estableciendo mitos y creando ídolos, se pueda llegar a una idea de sociedad igualitaria, porque desde el ideario colectivo se está creando una religión en torno al poder y el dinero, un nuevo culto. Y los cultos sin base son contrarios a quienes pensamos como Emile, que en la sabiduría está el reposo del alma, que las desigualdades provocadas con la creación de ídolos de barro son, al menos, tan dañinas como las ya existentes y que tenemos que luchar contra las últimas evitando las primeras.

Le agradezco a mi amigo Carlos Carnicero que un día dejara sobre una mesa un libro de Tony Judt: Algo va mal. En él, decía que “toda empresa colectiva requiere confianza. Desde los juegos infantiles hasta las instituciones sociales complejas, los seres humanos no podemos trabajar juntos si no dejamos de lado nuestros recelos mutuos. Una persona agarra la cuerda, la otra salta. Una persona agarra la escalera, otra sube ¿Por qué? En parte porque esperamos reciprocidad pero en parte claramente también por una tendencia natural a trabajar en beneficio de todos”.