La violencia de género, desde los ojos de un niño

THRibune | Premiere Refugiado

por A. Gómez

La nueva película del director de “Porfirio”, “Tan de repente”  o  “La mirada invisible”, es un impactante y original alegato contra la violencia de género, contra la que lucha de forma enérgica la asociación Tribune for Human Rights, que colabora con la productora Caramel Films en la difusión de la película.

Refugiado”, del director argentino Diego Lerman, narra la huida desesperada de un niño de 7 años, Matías (Sebastián Molinaro) y de su madre Laura (Julieta Díaz), embarazada de once semanas, tras sufrir el último episodio de violencia de género por parte de  Fabián, el  padre del pequeño.

La primera escena de la película nos muestra a Matías celebrando el cumpleaños con unos amigos. La cámara se detiene en el rostro del niño que mira a sus amigos escondido entre las redes de un juego de bolas, refugio del que parece no querer salir. Esa imagen nos pone ya sobre aviso de lo que vendrá después. Cuando termina el cumpleaños y su  madre no va a recogerlo ni responde al teléfono, la organizadora de la fiesta infantil lo lleva a casa y se encuentra a Laura en el suelo, rodeada de cristales, y con signos evidentes en su cuerpo de haber recibido una brutal paliza.

A partir de ahí, comienza el incierto e inquietante periplo de los dos protagonistas, el mismo en que se ven inmersas la mayoría de víctimas de malos tratos: comisarías, cambios de centros de acogida o refugios, soledad, dolor, ruptura de la vida personal y laboral. Huir física y psicológicamente del maltratador se convierte en el único objetivo vital para madre e hijo, unidos y autoprotegidos por un fuerte vínculo afectivo.

Matías es la otra la víctima de la violencia doméstica y desde su profunda e inocente mirada infantil seguimos la historia: se ve despojado de su casa, sus juguetes, sus amigos, su colegio, su entorno. Sufre las consecuencias de  la desintegración de su núcleo familiar. De la mano de su madre  camina hacia  un futuro incierto. Pasa noches en inhóspitos hostales y hasta en un prostíbulo en la búsqueda de un sitio seguro donde se sientan protegidos, y que finalmente encuentran en la casa que la abuela de Matías tiene escondida entre los brazos de un río.

La película muestra, sobre todo, la huella que deja la violencia en los personajes principales. Especialmente, en un niño de siete años que percibe todo lo que le rodea desde un punto de vista ingenuo, sin prejuicios, a partir del cual construye su propia visión de lo que sucede a su alrededor.

En el deambular por las calles de Laura y Matías, una vertiginosa cámara puesta a la altura del pequeño y que llega a marear al espectador, transmite perfectamente la visión infantil, la incertidumbre en que viven madre e hijo y el riesgo de que el psicópata-golpeador aparezca en cualquier momento. Matías está del lado de su madre, lo refleja la ternura y candidez de su mirada hacia ella,  y es consciente de que el padre le hace daño, pero no llega a entender ni a juzgar más allá.

El tema está tratado con una gran sutileza. Se evitan escenas explícitas de violencia y deja intencionadamente fuera del objetivo de la cámara al maltratador, cuyo rostro no llegamos a ver en ningún momento. Sólo oímos su voz a través del teléfono y vemos parte de su cuerpo de forma desenfocada. También se eluden reproches directos a él salvo el de una compañera de trabajo de Laura que le avisa del peligro de que vuelva a su puesto de trabajo porque el “tarado” – que ha sido capaz de golpear a una embarazada y decirle luego que la ama-, la ha ido a buscar allí.

Pero transmite desde el primer momento el miedo, el horror y desorientación en que quedan atrapados los dos protagonistas desde el momento en que empieza su viaje-huida. La interpretación de los protagonistas es encomiable, especialmente la naturalidad y mesura del  jovencísimo actor Sebastián Molinaro, guiado por la veterana Julieta Díaz. De forma intencionada, el director  muestra algún elemento desenfocado entre los personajes y la cámara. Dos recursos, el fuera de campo y las texturas focales con las que tanto gusta trabajar a Lerman, reflejan la percepción del niño de lo que está viviendo.

La película ha sido declarada de interés cultural y llega a las carteleras madrileñas tras competir en los festivales de Biarritz, Cannes y San Sebastián.