Religiosos en las trincheras de los Derechos Humanos

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En la imagen, la religiosa Pepa Torres junto a otras compañeras

Sacerdotes y monjas realizan a diario una importante labor social en las zonas más marginadas de Madrid, como la Cañada Real, foco de droga y criminalidad

Apoyo a mujeres maltratadas, inmigrantes y niños sin escolarizar son algunas de las actividades que desarrollan

Daniel Leguina   Madrid 28/03/15

Exclusión social, inmigración, racismo, dependencia, cárcel, drogadicción, marginalidad. Estas son algunas de las difíciles situaciones que millones de personas sufren a diario en España. Son hombres y mujeres que, coyunturas de la vida, han acabado en lugares y circunstancias que nunca hubieran elegido, son los marginados de la sociedad y los perdedores de la globalización. Sus realidades sociales son muy duras y, tristemente, a ojos de la mayoría de la sociedad son invisibles, a pesar de que todos los días se echan a la calle en busca de un futuro mejor.

Pero no están solos. Son varias las asociaciones y colectivos que tratan de ayudarles a conseguir una vida digna, y entre estos grupos se encuentran algunos religiosos que, desde sus parroquias, dedican todas sus energías a ayudar a los pobres y excluidos sociales. Son hombres y mujeres entregados en cuerpo y alma a auxiliar y proteger a los más necesitados, comprometidos con una labor social tan necesaria como encomiable que llevan a cabo en las zonas más marginadas de Madrid.

Y si existe una zona marginal y degradada en Madrid, ésa es la Cañada Real Galiana. Se trata del ‘supermercado’ de droga más grande de Europa, lugar controlado por los clanes del narcotráfico y ciudad sin ley, donde miles de toxicómanos acuden a diario para buscar su dosis. Un territorio olvidado por las autoridades, con un altísimo índice de criminalidad y donde la vida humana apenas tiene de valor.

En estas circunstancias tan difíciles desarrolla su labor Agustín Rodríguez Teso, párroco de la Iglesia de Santo Domingo de la Calzada, ubicada en La Cañada. Allí afronta como mejor puede, junto con un equipo de colaboradores, las situaciones que van surgiendo en el día a día de unas personas rotas por el consumo de estupefacientes, la pobreza y la exclusión social.

Procuramos facilitar la toma de conciencia de la dignidad personal de cada cual y favorecer y potenciar que cada uno pueda descubrir su propia dignidad y, por otro lado, intentamos crear una dinámica comunitaria en la que entendemos que si no es juntos no vamos a ningún lado. Nuestro objetivo es que se den todas las condiciones necesarias para caminar como una única realidad, esta es la labor de la parroquia en la Cañada Real. La realidad de futuro es necesariamente comunitaria, de lo contrario no es realidad”, aclara Agustín.

Para el caso concreto de los drogodependientes existe un proyecto común, junto con los Hermanos de San Juan de Dios, Cruz Roja y las Hermanas Adoratrices: “Se llama ‘Encuentros con Dignidad’, donde lo principal es dignificar la situación del adicto a través de una acogida y una escucha e intentando facilitar los elementos que le permitan seguir con su proceso hasta dejar el consumo”.

En la cañada, también conocida como poblado de Valdemingómez, viven actualmente unas 11.000 personas, y Agustín y los suyos intentan llegar al mayor número posible de personas necesitadas, aunque las circunstancias de trabajo en un entorno de tanta marginalidad son muy desfavorables.

Tenemos unos 400 expedientes de personas a las que les hemos gestionado algún tipo de ayuda o servicio, pero la idea es llegar a bastantes más. No damos tratamientos, sino que nos ocupamos de la situación previa, bastante más delicada y complicada; es un trabajo de relacionarnos con ellos para posibilitarles que sean protagonistas de sus propias vidas y de su propio proceso de salir del consumo. Nuestro objetivo es que la única relación que tengan con el mundo no sea la droga”, cuenta Agustín.

En el poblado hay en la actualidad unos 6.000 drogadictos, de los que 150 viven permanentemente dentro, en una relación de dependencia total no sólo de la droga, sino de los clanes que la manejan. Son sus esclavos. De estos 150, Agustín ha conseguido entablar relación con unos 85 en el último año, “y unos doce han sido capaces de dejar las drogas e ingresarse en un centro terapéutico”, afirma orgulloso el párroco. Pues doce triunfos, que pueden parecer pocos, pero la realidad es que la enfermedad de la adicción es tan devastadora y poderosa que son poquísimos los que consiguen salir.

Una unidad de la Agencia Antidroga acude diariamente al poblado y se ocupa de los seguimientos médicos, como la dispensación de metadona, y de derivarles a los centros de desintoxicación. De ahí pasan a la reinserción, los que lo consiguen. No obstante, el trabajo de Agustín tiene que ver más con recuperar la dignidad que con la consecución de objetivos. “Nuestro proyecto no es de desintoxicación, es más de centrarse en las realidades de las personas, unas realidades muy rotas, que además generan muchísima violencia alrededor de la parroquia”, aclara.

La iglesia de Valdemingómez cuenta con un servicio de duchas y lavandería, un primer paso para que los toxicómanos vayan encontrando su propia identidad, que se vayan encontrando a sí mismos. “También les ayudamos a reencontrarse con sus familias, algunos llevan años sin verles, y les acompañamos en el proceso”, cuenta Agustín.

Pero dejando a un lado la droga, la problemática de la cañada es mucho más extensa. Otro de los asuntos más urgentes es la baja escolarización de los niños de la zona. “No hay transporte público y los chavales se tiran toda la mañana para ir al colegio, así que los padres no les llevan. Además, no hay acceso al agua y a la luz, el servicio de correos hace más de tres años que no aparece, y el alcantarillado y los viales necesitan un adecentamiento apremiante”, comenta el párroco.

Por otro lado, el Colegio de Odontólogos ha puesto un dispensario bucodental en la iglesia para la prevención e higiene bucal de los niños -“es una gozada verles por allí”, dice Agustín-, y Cáritas, Cruz Roja y el Secretariado Gitano organizan actividades para los más jóvenes. La Fundación Real Madrid también colabora, y se lleva los chavales a jugar al fútbol de vez en cuando.

Lo que más miedo me da –comenta Agustín-, más que la situación de las personas que viven en Valdemingómez, es el morbo que todo esto genera. Mientras sigamos teniendo ese sentido del morbo, iremos repitiendo cañadas; la mayor parte de los medios de comunicación que se dirigen a mí vienen buscando el morbo. El reto de esta sociedad es impedir que situaciones como la de la cañada se sigan repitiendo, pero para eso es necesaria una revolución profunda que debe comenzar en la decencia; la situación de la cañada es una indecencia social, porque todo el mundo ha mirado para otro lado”.

Según Agustín, “hemos entrado en una dinámica absolutamente individualista y necesitamos un cambio de perspectiva; y si no somos capaces de darle a esto un impulso comunitario que nos aglutine y que nos haga funcionar como un pueblo, siempre habrá cañadas, porque siempre va a haber a quien le interese que existan estos lugares marginales y focos de droga y desesperación. Para que esto desaparezca tenemos que trabajarnos todos la decencia. La verdadera transformación de la realidad social, o se da desde abajo o al final será una mentira. Tenemos que dialogar y, sobre todo, vivir y mirarnos con una mirada limpia”.

Cobijo a ex presidiarios y enfermos

Otro sacerdote implicado en cuerpo y alma en la lucha contra la exclusión social es Javier Baeza. Desde su Parroquia de San Carlos Borromeo, en Entrevías, realiza una importante labor de ayuda a personas sin recursos. El perfil de los que acuden a él es muy diverso: menores procedentes de familias disfuncionales y con padres con problemas de consumo de alcohol y drogas, inmigrantes sin papeles, ex presidiarios, personas sin techo, mujeres maltratadas, drogadictos o enfermos de sida.

Nuestra labor es un poco de apagafuegos. No abundan los talleres o un comedor social, sino que vamos dando respuestas a temas personales y, a veces, muy urgentes. Hace poco vino un chaval que no tenía dónde dormir y gracias a una señora de la parroquia le metimos en un hostal muy barato del barrio. Yo tengo nueve personas en mi casa y tenemos otras tres viviendas más para dar cobijo. En lo que se refiere a violencia de género, en ocasiones hemos tenido que mediar e incluso acompañar a alguna mujer a un piso de acogida”, comenta Javier.

Otra de las tareas que Javier desarrolla en su parroquia es el apoyo escolar a los chavales del barrio. También existen grupos de reflexión o la Asociación de Madres contra la Droga, que llevan en Entrevías más de treinta años. Además, desde la iglesia reparten alimentos periódicamente y todas las mañanas llevan desayunos a un poblado de gitanos rumanos que está cerca. Y los domingos, después de la misa, hacen paella para más de cien personas.

Javier afirma que “la crisis económica no nos ha afectado demasiado, porque nunca hemos funcionado con subvenciones públicas, la mayoría de nuestras ayudas proceden de la solidaridad personal; hay muchas personas que aportan cinco o diez euros, y así vamos tirando”. Pero sí muestra indignación por la corrupción: “Nos enfada y molesta cuando viene a pedirnos ayuda una mujer que no tiene para dar de comer a sus hijos y ves como otro sinvergüenza se lo está llevando crudo. La situación actual indigna, sobre todo cuando tienes conocimiento de ver a la gente pasarlo tan mal”.

Para que la exclusión social deje de ser invisible, Javier opina que habría que “articular políticas de servicios sociales más nutridas económicamente y adecuar los recursos que hay a las necesidades de las personas desfavorecidas. Iniciativas para que la gente no tenga la necesidad de robar y de crear más conflicto, personal y colectivo”.

Si estás más de un año en la cárcel tienes derecho a pedir el paro por excarcelación, pero en esta sociedad tan tecnificada, donde por una multa por exceso de velocidad saben hasta qué número de pie usas, curiosamente al que sale de prisión no le dan el paro en dos meses. En este caso, la libertad se puede convertir en un elemento criminógeno, porque muchos de los que salen de prisión lo hacen sin ningún tipo de ayuda ni recurso”, advierte el sacerdote.

Javier Baeza, que hace unos años saltó a la palestra –junto a los también sacerdotes de San Carlos Borromeo Enrique de Castro y Pepe Díaz- por un enfrentamiento con el ex arzobispo de Madrid, Rouco Varela, por no ajustarse a la doctrina de la Iglesia en lo que a la liturgia se refiere –celebra la misa en vaqueros y da la comunión con rosquillas o pan-, aclara que está a favor de que “las mujeres sean ordenadas, el Evangelio no lo prohíbe, y que los homosexuales sean acogidos en la Iglesia: no hay ninguna contradicción en ser gay y cristiano”.

Colaboración y solidaridad

Pepa Torres, monja y teóloga, es otra religiosa comprometida con la lucha social y los derechos humanos. Desempeña su labor en el barrio de Lavapiés, una de las zonas de Madrid con más inmigración y menos recursos sociales. Junto a otra monja y una mujer laica ha creado la Red Interlavapiéspara dar sentido a las vidas de muchas personas y una ciudadanía alternativa a los marginados sociales, más allá de las diferentes religiones o de ninguna”.

En su lucha por la igualdad, Pepa está implicada en grupos de apoyo a personas detenidas por la Ley de Extranjería, “hombres y mujeres indefensos que sólo buscan una vida mejor. Algunos de los que saltaron la valla en agosto llegaron a Madrid en octubre, en unas condiciones lamentables, y nos hemos dedicado a su acogida y defensa legal”.

También participa en colectivos de derechos humanos y sociales, y sostiene que la colaboración y la solidaridad son la base sobre la que se sujeta el humilde barrio madrileño: “Lavapiés sobrevive porque nos ayudamos unos a otros, de lo contrario no podríamos vivir y juntos afrontamos las dificultades que van surgiendo. El problema de este barrio no es la inmigración, sino las leyes tan duras que existen, la infravivienda y la especulación de alquileres”.

La igualdad de la mujer es otro capítulo destacado en la desinteresada tarea diaria de esta religiosa. Junto a la Asociación de Mujeres Territorio Doméstico, Pepa lucha por que las empleadas del hogar salgan de la precariedad económica y su trabajo sea reconocido de una forma justa y ecuánime de una vez por todas. “La ley en este apartado es una miseria”, concluye.

Según esta monja apostólica del Corazón de Jesús, “la gestión económica y política actual favorece la exclusión social. Hace falta un cambio que no se está generando porque no hay recursos. El sistema privatizador y neoliberal perjudica a los más pobres, los bancos son los que más están ganando”.